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Sábado, 01 Septiembre 2018 01:56

Primer mes, aprendiendo de los niños

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29/08/18
¡Saludos!
Me encuentro en el barrio de Dëido, Douala, en la casa de Mamá Fringo, la mamá de Salomón. LLevo en Camerún desde el 25 de julio. Atrás quedaron los preparativos del viaje, los vuelos y la despedida de mis seres queridos en España. Ya no hay marcha atrás. El aeropuerto de Marruecos fue la primera puerta de entrada a África, ya comenzaba a ver personas multiculturales, de diferentes colores y con diferentes atuendos. El segundo vuelo duró unas cinco horas. Ya estaba en Camerún. Una vez aquí, yo y las tres chicas españolas que vienen en nuestro grupo somos las únicas personas blancas. A partir de ahora "le blanch".
Hasta el día 19 de agosto, estuve acompañada de Salomón, su mujer, su hijo de 3 años y de tres chicas más, voluntarias de El Mat que vinieron a conocer los proyectos sobre el terreno. Estos días son especiales para la familia Eyango, pues Nyambot, hijo de Salomón, viene por primera vez, a conocerlos en persona.
Así pues, los primeros 21 días de adaptación, que dicen ser los necesarios para adquirir un hábito, se me hicieron mucho más amenos. Sin embargo, un sentimiento de duelo ha acompañado varias veces durante algunos días. Porque sé, que ellos se irán y yo me quedaré. Que si tres días se han hecho largos...siete meses me sobrepasaban en esos momentos. He tratado de pensar que estoy de vacaciones con ellos y que luego será cuando realmente empiece mi rutina y mi trabajo en África.
A nuestra llegada, llovía muchísimo. Estamos en la estación de lluvias. Musongo, hermano de Salomón y quien será mi compañero durante estos próximos meses, nos recogió en el aeropuerto. Vamos directamente a su casa, allí nos acogerán como a uno más. En la casa nos encontramos tres o cuatro personas por habitación y cama. Es estrecha y sus maderas están en muy mal estado de conservación. Cabe resaltar que la familia de Salomón sigue viviendo tan humilde como antes de fundar la asociación y que no destacan en el barrio si no fuera porque de su casa salen personas blancas. Las mejoras que se han realizado han beneficiado a todo el entorno. Como por ejemplo la construcción de un pozo que los abastece de agua y la construcción de unas escaleras de cemento, en lugar de un barrizal cuesta abajo. La adaptación es inmediata, somos uno más de ellos. No hay cabida para quejas ante las incomodidades, aquí se vive así. Y siempre nos rodean durante el día los gallos picoteando, los lagartos tricolores y por la noche, los murciélagos y las primas gordas de Rata Tui.
 Ya conocemos la casa, la familia y una pequeña parte de la ciudad. Los barrios no están asfaltados, la música y los niños se oyen en conjunto. Las casas son muy humildes, tipo chabolas. Son de madera, suelos de cemento y techos de chapa. La ciudad está ennegrecida, y no lo digo por el color de sus habitantes. Las petroleras, el tráfico, el humo de las cocinas callejeras, no dan tregüa. Hay personas y motos por todos lados. El cielo está mayormente encapotado y la constante lluvia nos refresca del calor. Hay muchos charcos y basura. Y por las calles, no se dejan de ver puestos y personas con artículos de venta en la cabeza. La calle en sí es un mercado. Todo me resulta caótico, pero en su habitual orden.
Las palabras que más escucho hasta ahora son "bocú traballé", "bocú fatigué, "mercy bocú" y "corage". Lo sé, así no se escribe en francés. Pero acabo de llegar, y nunca jamás estudié francés. Me espera un buen curso intensivo. Y es que en África todo es más grande. Hasta  la cerveza y los refrescos son tamaño XL, de 66 cl. en lugar de 33. Que todo sea grande, a veces viene bien. Como en el caso de los refrescos, la alegría, la fortaleza y el coraje de las personas para afrontar el día a día. Pero en otros casos, todo viene largo y se queda grande; como la falta de medicamentos, la falta de dinero para vivir,
Cinco días después de llegar Duala, todos marchamos al campo de Yabassi. En plena selva, Salomón y su familia ofrecen su casa para desarrollar los proyectos de Le MAT. Ahora, durante una semana tiene lugar "El campamento por la Paz". Unos 20 niños de los alrededores de Yabassi, atendidos por los servicios sociales locales, vendrán a disfrutar de unas vacaciones con nosotros.
Hay tiempo para todo. Los adolescentes trabajan como monitores del campamento y los voluntarios vamos introduciéndonos en los proyectos del campo. Hemos realizado tareas de limpieza en las plantaciones de Cacao y plataneras. Otros días estuvimos poniendo a punto las piscinas de la nueva piscifactoría. Este año comenzará un proyecto nuevo, alfabetización para las personas de las aldeas de Yabassi. Además, con nuestra llegada, los aldeanos saben que llegan varias maletas medicamentos de primera calidad y gratuitos. La sanidad en Camerún es privada y los medicamentos que circulan son de una tercera o cuarta calidad, no hacen el mismo efecto y son carísimos.
En Yabassi, lo que los españoles echamos de menos es la comunicación con España. Allí tan solo llegan las líneas de telefóno a algunos pequeños núcleos. Por ejemplo, nosotros tuvimos que recorrer en moto taxi casi tres cuartos de hora por la carrertera de barro, incluso lloviendo, para poder llegar a un carrefour (cruce de caminos) y encontrar cobertura. En el carrefour es donde se ponen los puestos de venta y podemos comprar lo que la tierra y el río del campo no nos dan.
El 14 de agosto, dejamos el campo y regresamos a Duala. No podía imaginar cuántas personas y bártulos caben en un solo automovil. Sin embargo, aquí, la policía del camino, solo se preocupa de algún asunto técnico del coche y de los pasaportes de los europeos. De nuevo en Duala, tuvimos la suerte de visitar y bañarnos en una playa de Kribi, comer algo de gambas y pescado frescos y disfrutar una noche en una pensión.
 El 19 de agosto, regresaron a España los voluntarios. Ahora me toca otra adaptación, pues sin ellos ya no es igual. Los días se hacen más largos y a veces creo que me voy a quedar muda, porque cuando una no sabe hablar el idioma tiende al silencio. Además, vivir en Camerún es duro, y siendo una persona blanca, más. Primero, que todos piensan que eres rica, y segundo, que por motivos de seguridad (hay mucho bandalismo) no puedo ir sola ni a comprar pan. Esto afecta a mi libertad y a mi intimidad. De momento, comparto todo lo que puedo con los niños. Ellos comparten conmigo su cama, su alegría y su tiempo.
De quienes más he aprendido es de ellos. Todos, desde pequeños aprenden y saben el funcinamiento del trabajo de la casa. Y de ellos he aprendido a lavar a mano y funcionar en una cocina y un baño sin agua corriente, a base de cubos y barreños de agua del pozo.
 A dia de hoy, sigo en Duala, preparando el viaje para instalarme en Yabassi. Con la ayuda de Mussongo, hermano de Salomón, he comprado víveres para unos 6 meses. Y nos llevaremos preparados los materiales para la alfabetización. La semana que viene comienza mi vida en el campo - selva.  Más adelante, podréis leer cómo será.

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 Mª Dolores Mañero Crespín

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